A la hora del té

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Siempre me ha apasionado la cultura Japonesa, pero al salir del hotel tuve una extraña sensación de agobio, como de falta de espacio. Esa asfixiante impresión se combina con la confusión que emana de los contrastes de la sociedad japonesa. Allí donde lo nuevo convive con lo antiguo.

Entre el tráfico y el bullicio están enclavados desde hace mil años los elegantes templos Shintoistas y Budistas; junto a ellos patinan jóvenes con aretes, tatuajes y  pelos de colores y unos pasos más allá caminan muy despacio algunas mujeres vestidas con Kimonos. Atrapada entre esta paradoja de modernidad y tradición, sobrevive la pausada ceremonia del té.

La ceremonia del té o Chanoyu es una tradición exclusiva de Japón, introducida por los Samuráis a fines del siglo XII, clase dominante en la sociedad japonesa, quienes desarrollaron reglas y procedimientos que los asistentes a una ceremonia de té deberían seguir. La ceremonia consiste en la presentación y en la forma de servir y beber el Matcha (té verde en polvo hecho a base de hojas tiernas), con la finalidad de purificar el alma mediante la identificación con la naturaleza.

De ser una bebida monopolizada por los emperadores y la aristocracia, pasó a ser la bebida nacional; asociada a una ceremonia que el paso del tiempo se ha encargado de simplificar. La modalidad del Chanoyu que se practica en la actualidad, fue establecida en la segunda mitad del siglo XIV por el maestro Sen No Rikyu, bajo la influencia del budismo Zen.

Hoy en día, las casas japonesas de las familias tradicionalistas y con mucho dinero disponen de un Chaski, que es una habitación exclusiva para la ceremonia del té, y a la vez para la meditación. A diferencia con las reuniones de te que realizaban los Samuráis, caracterizadas por el lujo y la magnificencia, nació la tendencia Wabicha, que consiste en utilizar salas y utensilios sencillos a fin de realizar el goce de la profundidad espiritual.

La sencillez y tranquilidad son el resultado de una actitud, pero también algo que emana del espacio y del ambiente. La luz tenue que se filtra difuminada por el blanco papel de la ventana, se funde suavemente con las maderas del cuarto y el tejido de paja que cubre el suelo. En el cuarto hay un Tokonoama, que es el espacio sagrado donde se coloca un rollo colgante (un dibujo de tinta china o una caligrafía que expresa algún pensamiento Zen) y un florero con una sencilla flor. Así, en lugar de una decoración ostentosa y brillante, se prefiere el blanco y negro, los tonos sobrios. El cuarto es muy estrecho y sencillo, pero induce una sensación de riqueza e infinitud mental.

Una taza de té no se prepara para uno mismo, sino para servir a los demás, a nuestro invitado. La ceremonia se planea, se define la fecha, se envían las invitaciones y luego se prepara cuidadosamente el cuarto del te según la estación del año. Todo esto se hace para acoger al amigo. Esta es una cariñosa consideración hacia la otra persona, que es única e irremplazable.

Es básicamente una reunión que sólo se realiza  entre amigos y dura aproximadamente cuatro horas. Todo el proceso de principio a fin esta completa y rigurosamente determinado, el número de pasos con que se ha de recorrer el Tatami (estera de paja), el lugar y posición en que se deben colocar los utensilios, la forma de tomar, sostener y girar las tasas, etc. A esto se debe que el arte del té sea tan ceremonioso.

En la práctica del té, la meta es realizar cada etapa y cada movimiento con un ritmo y suavidad naturales, sin rigidez. Lo que se requiere para lograrlo en primer lugar es la práctica, pero también concentración espiritual, olvidándose con ello del propio ego, alcanzando así un estado de total desapego, se empieza a experimentar un punto de unificación con el universo.

Los invitados entran descalzos a la habitación y agachados como acto de humildad. Para tomar el té, el invitado coloca el tazón en la palma de su mano izquierda, asegurándola con la mano derecha. Después de tomarlo en varios sorbos y tratando de hacer la mayor cantidad de ruido, como señal de gratitud y deleite, se limpia la tasa con una servilleta especial que se trae consigo. Luego el invitado devuelve el tazón al anfitrión que después de lavarlo lo utiliza para el siguiente invitado. Al final, el anfitrión recoge los utensilios y con una reverencia a los invitados, se retira del aposento señalando con esto el fin de la ceremonia.

Pero la esencia de este arte no se refleja sólo en el acto físico de beber el té, sino en la filosofía que encierra. Al participar se debe tener en cuenta el principio de la armonía, al que los japoneses llaman wa, que consiste básicamente en no tener una postura agresiva hacia el prójimo, para esto debemos tener presente el espíritu de humildad, que nos llevará a respetar a nuestro invitado, ese respeto es el key, que lo encontramos en las artes marciales cuando antes del combate los rivales hacen una reverencia.

Para poder participar en la ceremonia debemos tener las manos y la boca limpias, así no diremos palabras que ofendan ni pensaremos cosas que nos perturben, y podremos conseguir una pureza espiritual. Finalmente lo que se espera conseguir es calma y tranquilidad para poder lograr el autodominio y poder encontrar el equilibrio, el ying y el yang, cuyo justo medio es la sabiduría.

Dulcinea
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