Es muy probable que esta no sea la primera vez que lees sobre la incertidumbre. Vivimos rodeados de libros, conferencias, podcasts y artículos que nos recuerdan a aceptar lo que no podemos controlar. Hemos aprendido que el futuro es impredecible, que vivir el presente es una elección consciente y que preocuparse no cambia el curso de los acontecimientos. Lo sabemos, asentimos mientras leemos e incluso compartimos estas ideas porque nos parecen profundamente ciertas.
Entonces, un día, la incertidumbre deja de ser una simple palabra y se planta justo frente a nosotros. Puede adoptar muchas formas, como, por ejemplo, el resultado de una prueba médica que tarda más de lo esperado, una respuesta que nunca llega, una entrevista de trabajo en la que depende una decisión importante, un cambio inesperado en la vida de un ser querido o, simplemente, ese momento en el que sentimos que el siguiente capítulo de nuestra historia se está escribiendo en algún lugar al que aún no tenemos acceso.
Y, de repente, todo lo que parecía tan claro empieza a desmoronarse. Descubrimos que comprender una idea no es lo mismo que aprender a vivirla. Saber que no podemos controlar el futuro es una verdad bastante sencilla cuando la vida transcurre con normalidad. La verdadera lección comienza cuando la marea cambia y esa certeza intelectual debe transformarse, de pronto, en una experiencia vivida.
Creo que aquí reside una de las trampas más sutiles de la mente, confundimos la incertidumbre con un vacío. Por naturaleza, los seres humanos hemos intentado llenar esos vacíos; anhelamos explicaciones, conexiones y vínculos que den sentido a lo que, en ese momento, carece de él. Las historias inconclusas nos incomodan; preferimos aceptar una explicación mediocre antes que admitir con humildad que, sencillamente, aún no lo sabemos. Así, mientras la realidad guarda silencio, nuestra imaginación empieza a escribir y, curiosamente, rara vez imagina una comedia.
Un mensaje sin respuesta se convierte en un rechazo; una llamada inesperada anuncia problemas; un retraso presagia un fracaso. No porque tengamos pruebas, sino porque nuestra mente parece convencida de que imaginar el peor escenario posible amortiguará, de algún modo, el golpe si este llega a producirse.
Durante mucho tiempo, pensé que se trataba simplemente de pesimismo. Hoy creo que es algo más complejo. La negatividad a menudo se disfraza de previsión; nos hace sentir que, si repasamos mentalmente cada posible tragedia, llegaremos al desenlace más fortalecidos.
Pero la experiencia demuestra lo contrario. Si aquello que temíamos llega a suceder, el dolor irrumpe con la misma intensidad. Y si nunca ocurre, habremos desperdiciado días, semanas o meses sosteniendo un peso que solo existía en nuestra imaginación.
Es como pagar intereses por una deuda que nadie nos había reclamado realmente. Quizás por eso vale la pena distinguir entre dos verbos que a menudo usamos como sinónimos: prepararse y preocuparse. Prepararse implica actuar sobre aquello que está bajo nuestro control, estudiar, ahorrar, pedir ayuda, plantear preguntas difíciles, tomar decisiones incómodas. Preocuparse, en cambio, consiste en intentar controlar cosas que nunca estuvieron a nuestro alcance.
La diferencia puede parecer pequeña, pero cambia por completo la forma en que afrontamos la incertidumbre. No se trata de pensar siempre en positivo; tampoco debemos repetirnos constantemente que todo saldrá bien, pues la vida nunca nos ha prometido tal cosa. Tal vez la serenidad resida en algo mucho más sencillo y, a la vez, mucho más difícil; reconocer cuándo el miedo ha empezado a escribir una historia sin fundamento alguno y decidir no permitir que esa versión se convierta en la única.
Hace unos años leí una frase que decía que la fe consiste en caminar hacia un puente antes de verlo. No recuerdo quién la escribió, pero sí recuerdo la inquietud que me provocó. Estamos acostumbrados a creer que la certeza precede al paso, cuando en realidad suele ocurrir lo contrario, primero caminamos y luego descubrimos que el puente estuvo allí todo el tiempo.
Cervantes lo explica bastante bien; no porque Don Quijote nos enseñe a eliminar la incertidumbre, sino porque nos recuerda que ninguna gran historia revela su desenlace antes de tiempo. El Quijote emprendió su viaje sin conocer el final, avanzó entre errores, dudas, derrotas, amistades inesperadas y molinos que confundió con gigantes. Solo al recorrer el camino fue descubriendo el sentido de su aventura. Tal vez esa sea parte de nuestro camino, avanzar sin el privilegio de conocer el siguiente capítulo. Sin embargo, mientras caminamos, el miedo rara vez soporta las páginas en blanco. Se apresura a completarlas, interpreta el silencio como abandono, la demora como un mal presagio y la incertidumbre como la antesala de una pérdida. La vida, en cambio, no tiene prisa por responder. Lo hace cuando le corresponde. Y cuando finalmente responde, casi nunca sigue el guion que escribió nuestro miedo. Sus respuestas suelen ser mucho más complejas, imprevisibles y, con frecuencia, mucho más generosas de lo que nuestra imaginación fue capaz de anticipar.
El verdadero aprendizaje no reside en eliminar la incertidumbre, sino en resistir la tentación de escribir el desenlace prematuramente. Consiste en aceptar que algunas respuestas solo llegan cuando es el momento adecuado y, hasta entonces, mantener la serenidad para no vivir atrapados en historias que aún no existen. Pues, al final, la vida siempre ofrece una respuesta. Lo que casi nunca vale la pena es dejar que el miedo responda en su lugar.









