Disonancia cognitiva. Las historias que guardamos en las cosas

Hace unos días salí a cenar con unas amigas. Hacía tiempo que no coincidíamos y una de ellas propuso que durante un par de horas no hablaríamos de trabajo. La idea duró poco. Al principio, conversamos sobre libros, viajes y esas pequeñas cosas que siempre quedan pendientes. Pero, casi sin darnos cuenta, una respondió un correo «rapidito». Otra revisó un mensaje porque «podía ser algo urgente». Yo tomé el teléfono para mirar la hora y terminé contestando una notificación. Lo curioso es que, unos minutos antes, las cuatro habíamos dicho exactamente lo mismo. Necesitábamos descansar, desconectarnos y dejar de vivir pendientes del trabajo.

Fue recién cuando volvía a casa que entendí lo que había pasado. Queríamos una vida más tranquila, pero seguíamos alimentando aquello que nos impedía tenerla. Hace casi setenta años, el psicólogo Leon Festinger puso nombre a esa tensión silenciosa que aparece cuando lo que pensamos, lo que creemos y lo que hacemos dejan de coincidir. La llamó disonancia cognitiva. Lo interesante es que esa incomodidad rara vez desaparece porque cambiamos nuestro comportamiento, la mayoría de las veces desaparece porque encontramos una explicación que nos permita seguir sintiéndonos coherentes.

Mientras escribía este artículo, descubrí algo que no había pensado antes. La disonancia cognitiva no solo vive en nuestras decisiones, sino que también deja huellas en las cosas que conservamos. Está en los cajones que nunca terminamos de ordenar, en una carpeta del teléfono que casi olvidamos, en una libreta que abrimos con entusiasmo en enero o en ese objeto que seguimos cambiando de lugar sin preguntarnos por qué continúa allí.

Las cosas también cuentan historias. Algunas hablan de quienes fuimos y otras de la persona que seguimos intentando ser.

El clóset

Creo que todos tenemos una prenda que lleva demasiado tiempo esperando su momento. Puede ser un vestido que compramos para cuando bajáramos unos kilos, una chaqueta que imaginamos usando en ese trabajo que nunca llegó o unos zapatos que representan una versión de nosotros más segura o más atrevida. No siempre guardamos esa ropa porque nos guste. Muchas veces la conservamos porque desprendernos de ella significaría aceptar que aquella versión de nosotros ya no está en camino. El clóset termina convirtiéndose en un pequeño archivo de identidades posibles.

La carpeta de fotos que nunca publicamos

En casi todos los teléfonos existen dos álbumes invisibles. Uno contiene la vida que mostramos y el otro, la vida que realmente vivimos. Decimos que valoramos la autenticidad, pero seguimos eligiendo con cuidado qué imagen merece ser compartida y cuál permanecerá guardada. No porque estemos mintiendo, sino porque todos editamos, en mayor o menor medida, la historia que contamos sobre nosotros. Cada fotografía descartada también dice algo. No habla de quiénes somos, sino de quiénes creemos que los demás esperan que seamos.

La lista de propósitos de enero

Estamos a mitad de año, pero seguro que hay una nota en tu celular o una libreta donde escribiste todo lo que este año ibas a cambiar. Si la vuelves a leer, es posible que descubras algo curioso. Tal vez varios de esos objetivos ya no tengan sentido para la persona que eres hoy. Sin embargo, seguimos sintiéndonos culpables por no cumplirlos, como si cambiar de opinión fuera una forma de fracaso. A veces no insistimos para que el sueño siga vivo, sino para aceptar que cambió implica reconocer que nosotros también cambiamos.

El objeto heredado

Puede ser un reloj, un libro, una vajilla o ese mueble que nunca termina de encajar con el resto de la casa. Lo conservamos porque representa una historia, una persona o una promesa. Nos cuesta desprendernos de ciertos objetos porque sentimos que, al hacerlo, también estamos soltando una parte de quienes fuimos o de quienes amamos. Quizá no estamos guardando un objeto, estamos intentando conservar una emoción.

La compra que sigue esperando

Hay libros que compramos convencidos de que este sí será el año en que volveremos a leer con calma, una bicicleta estática que promete una rutina que nunca empieza, un cuaderno impecable esperando ese proyecto que seguimos posponiendo. Muchas veces no compramos el objeto, compramos a la persona que imaginamos ser cuando empecemos a usarlo. La ilusión dura unos días y después el objeto se convierte en un recordatorio silencioso de una versión de nosotros que todavía espera su oportunidad.

Entendí entonces que la necesidad de sentirnos coherentes no solo aparece en las decisiones que defendemos, sino que también se instala en las cosas que seguimos guardando. Algunos objetos permanecen con nosotros porque sostienen una historia sobre quiénes creemos ser. Soltarlos no siempre implica perder una pertenencia; a veces significa aceptar que nosotros también cambiamos.

Cuando terminé de escribir este artículo, abrí mi clóset y encontré una libreta que no leía desde enero, un libro que sigo prometiéndome empezar «cuando tenga tiempo» y una prenda que lleva años esperando una ocasión especial. Por un momento pensé en ordenar todo, pero después entendí que ese no era el punto. Lo importante no era deshacerme de esas cosas, sino preguntarme por qué seguían ahí.

La disonancia cognitiva no solo se esconde en las historias que nos contamos para seguir teniendo razón. También permanece en las cosas que conservamos porque desprendernos de ellas implicaría aceptar que nosotros también hemos cambiado. Entonces entendí que crecer no consiste en dejar de contradecirnos, sino en revisar, de vez en cuando, la historia que nos contamos sobre quiénes somos para que nuestras decisiones se parezcan cada vez más a la vida que queremos construir.

Dulcinea

Writer & Blogger

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