El espejismo de estar bien

Hace unos días salí a correr temprano, con esa intención casi disciplinada de “empezar bien la semana”. El parque estaba lleno de gente haciendo exactamente lo que se supone que hay que hacer, correr, estirar, respirar profundo, registrar el ritmo cardíaco en un reloj inteligente que parecía validar cada paso. Yo también lo intenté, corrí unos minutos, luego otros más, hasta que mi cuerpo empezó a resistirse con una honestidad que no cabía en ninguna app. Me detuve, y, casi de inmediato, apareció una incomodidad inesperada; no física, sino simbólica. Como si no haber completado la rutina dijera algo de mí, como si, en ese pequeño gesto de parar, hubiera fallado en algo más grande que correr.

Hoy estoy convencida de que no se trataba de la rutina de ejercicios, sino de la narrativa. Vivimos en una cultura del bienestar que, silenciosamente, ha dejado de preguntarse por el sentido y ha empezado a obsesionarse con la forma. Una cultura que no solo propone hábitos, sino que establece jerarquías invisibles; donde levantarse temprano es mejor que dormir más, entrenar a las seis de la mañana tiene más mérito que hacerlo por la noche, meditar es superior a distraerse, cocinar saludable es más valioso que resolver con lo que hay. Y así, sin darnos cuenta, el bienestar deja de ser un espacio de encuentro… para convertirse en un sistema de validación.

Lo que antes era cuidado, ahora muchas veces es performance. El problema del wellness performativo no es que promovamos hábitos saludables; es que hemos empezado a vivirlos como indicadores de identidad. Ya no corremos porque el cuerpo lo necesita, sino porque eso dice algo de quiénes somos. No hacemos yoga por conexión, sino por coherencia con una versión ideal de nosotros mismos. No vamos a crossfit o jugamos pádel solo por disfrute, sino porque esas prácticas se han cargado de significado social, disciplina, éxito, equilibrio, control.

Y entonces aparece la trampa más sutil, cuando no podemos sostener esos hábitos; porque tenemos otras prioridades, porque estamos cansados o porque la vida simplemente no se organiza como una rutina perfecta, no sentimos que hemos dejado de hacer algo; sentimos que estamos siendo menos. Menos constantes, menos disciplinados, menos “bien”.

Encuentro que hay algo profundamente problemático en esa lógica, hemos desplazado el bienestar del cuerpo… hacia la narrativa del rendimiento personal. Incluso en aquello que se supone que debería liberarnos.

Nos frustramos por no correr en la mañana, pero no cuestionamos por qué esa práctica se volvió un estándar. Nos incomoda no ir al gimnasio, pero no nos detenemos a pensar desde cuándo el descanso empezó a parecer una falta. Nos exigimos sostener rutinas que, en teoría, son para cuidarnos… mientras descuidamos otras dimensiones igual de urgentes, sostener vínculos, atravesar procesos internos o simplemente estar.

La cultura wellness ha logrado algo paradójico, ha sofisticado tanto el lenguaje del cuidado, que ha terminado generando nuevas formas de exigencia. Y lo más inquietante es que muchas de ellas se sienten correctas, porque están bien vistas, porque son aplaudidas o porque encajan; pero no necesariamente porque nos hacen bien.

Con esto no estoy diciendo que nos rindamos y abandonemos esos hábitos, me refiero a revisar desde dónde los estamos construyendo. Porque hay una diferencia, casi imperceptible, pero crucial, entre una vida estructurada por prácticas que te sostienen… y una vida organizada para sostener una imagen de ti que ya no te cuestionas.

El bienestar no debería ser una coreografía que repetimos para sentir que estamos “haciendo las cosas bien”. Debería ser un espacio donde la vida real, con sus ritmos irregulares, sus prioridades cambiantes y sus momentos incómodos, también tenga lugar.

Hay días en los que no vas a correr, en los que no vas a meditar, en los que no vas a cumplir con esa versión ideal de ti. Y quizá ahí, en ese espacio donde la rutina se rompe, haya una oportunidad más honesta, la de preguntarte si lo que haces por ti realmente te incluye.

Porque el bienestar no debería ser otra forma de exigencia elegante. Debería ser, en el fondo, una forma de regreso, a un cuerpo que no necesita demostrar nada, a una vida que no siempre tiene que optimizarse, a una versión de ti que no se mide por lo que logra sostener cada día… sino por lo que puede escuchar cuando deja de exigirse tanto.

 Y tal vez, solo tal vez, el verdadero acto de cuidado no sea cumplir con todo lo que se supone que te hace bien, sino atreverte a soltar, aunque sea por un momento, la idea de que hay una única forma correcta de estar bien.

Dulcinea

Writer & Blogger

Considered an invitation do introduced sufficient understood instrument it. Of decisively friendship in as collecting at. No affixed be husband ye females brother garrets proceed. Least child who seven happy yet balls young. Discovery sweetness principle discourse shameless bed one excellent. Sentiments of surrounded friendship dispatched connection is he.

Edit Template

Safe Creative #1511301812388Safe Creative #1603240225326