Hace unas semanas me descubrí preocupada por algo que, en teoría, debería hacerme feliz. Era una buena noticia, una de esas que uno espera durante meses. Sin embargo, en lugar de sentir únicamente ilusión, apareció el miedo. No era una sensación concreta ni tenía una explicación lógica; era algo difícil de describir que aprieta el estómago, acelera los pensamientos y hace que uno empiece a imaginar escenarios que ni siquiera han ocurrido.
Esa experiencia me hizo pensar en lo rápido que hemos empezado a ponerle la etiqueta de ansiedad a casi cualquier emoción que nos incomoda. Parece que ya no hay espacio para los nervios, la incertidumbre o el miedo natural que acompaña a ciertos momentos de la vida. Si nos cuesta dormir antes de una entrevista de trabajo, decimos que tenemos ansiedad. Si el corazón late más deprisa antes de un viaje, una exposición o una decisión importante, asumimos que algo no está bien. Si sentimos vértigo al iniciar una relación, al aceptar un nuevo empleo o al mudarnos de ciudad, buscamos una explicación inmediata que justifique ese malestar.
Lo mismo ocurre con expresiones como «me dio un ataque de pánico», que repetimos con una naturalidad que no siempre hace justicia a lo que realmente significa. Un ataque de pánico es una experiencia clínica intensa, profundamente angustiante y muy distinta de esos momentos de tensión que todos podemos experimentar. Confundir ambas cosas no solo desdibuja la realidad de quienes conviven con este trastorno, sino que también nos hace olvidar que, en determinadas circunstancias, sentir incertidumbre es una respuesta humana.
No pretendo minimizar la ansiedad; quienes la padecen saben que puede llegar a ser profundamente incapacitante y merece ser tratada con la seriedad que corresponde. Pero también creo que, al poner la misma etiqueta a todo aquello que nos incomoda, corremos el riesgo de patologizar emociones que forman parte de estar vivos.
El problema no es que hoy vivamos con más incertidumbre que antes; lo que ha cambiado es nuestra relación con ella. Nos hemos acostumbrado a buscar respuestas inmediatas, a planificarlo todo y a creer que, si organizamos bien nuestra vida, podremos evitar las sorpresas. Pero la vida nunca hizo esa promesa, siempre deja un espacio para lo inesperado.
Nuestro cerebro tiene la misión de mantenernos a salvo; por eso, cuando aparece algo nuevo, no siempre distingue entre una amenaza real y un simple cambio de escenario. Ante lo desconocido, suele encender las alarmas primero y hacer preguntas después. Durante miles de años esa estrategia nos ayudó a sobrevivir. Hoy, sin embargo, puede hacer que un nuevo trabajo o una buena oportunidad se sientan tan inquietantes como si hubiera un peligro delante.
Quizá por eso también nos asustan las buenas noticias. Un ascenso puede generar tanto nerviosismo como perder un empleo. Un viaje esperado durante meses puede quitar el sueño la noche anterior; incluso enamorarse tiene algo de vértigo. Al fin y al cabo, cada experiencia nueva implica abandonar una versión conocida de nosotros mismos para dar paso a otra que todavía no conocemos.
Yo también he vivido ahí, más de una vez. Hubo una época en la que intentaba controlar cada posibilidad antes de dar un paso. Imaginaba conversaciones, resultados, problemas y soluciones. Creía que pensar más me haría sentir más segura. Nunca funcionó, lo único que conseguía era llegar agotada a situaciones que, la mayoría de las veces, terminaban siendo mucho más sencillas de lo que había imaginado. Con el tiempo descubrí que mi tranquilidad no aparece cuando tengo todas las respuestas, aparece cuando dejo de exigírmelas.
Cuando siento que la incertidumbre empieza a hacer demasiado ruido, intento hacer justo lo contrario de lo que me pide la cabeza. Mi mente quiere correr hacia el futuro; yo intento volver al presente. Me preparo un café, salgo a caminar sin mirar el teléfono, leo unas páginas de un libro o escribo hasta que los pensamientos dejan de dar vueltas. No porque eso resuelva el problema, sino porque me recuerda que no necesito resolver toda mi vida esta tarde.
Con el tiempo también he entendido que buena parte de ese miedo nace de nuestra resistencia al cambio. Queremos que las cosas permanezcan como las conocemos porque ahí nos sentimos seguros. Sin embargo, la vida tiene otra lógica; lo único verdaderamente seguro en la vida es el cambio. Todo cambia, cambian las personas, las circunstancias, los planes e, incluso, cambiamos nosotros sin darnos cuenta. Tal vez por eso resulte tan agotador empeñarnos en que todo permanezca igual. La rigidez puede darnos una sensación momentánea de seguridad, pero también nos impide crecer. En cambio, cuando aprendemos a ser un poco más flexibles, descubrimos que adaptarnos no significa renunciar a quienes somos, significa permitir que la vida nos transforme con cada experiencia.
Mirando hacia atrás, me doy cuenta de que las etapas que más me hicieron crecer fueron precisamente aquellas que no habría elegido porque venían cargadas de incertidumbre. Ninguna transformación importante ocurrió mientras todo permanecía igual. Todas empezaron con un cambio que, en su momento, también dio miedo.
El bienestar no consiste en eliminar las emociones difíciles, sino en desarrollar recursos para atravesarlas. Esta idea rompe con esa expectativa tan moderna de vivir permanentemente tranquilos. No vinimos al mundo para sentirnos cómodos todo el tiempo. Vinimos a vivir, y vivir implica momentos de entusiasmo, de duda, de pérdida, de esperanza y también de incertidumbre.
Creo que el verdadero problema no es la incertidumbre, es nuestra resistencia a convivir con ella. Hay una frase atribuida al escritor francés André Gide que resume muy bien esta idea: «No se puede descubrir nuevos océanos a menos que se tenga el coraje de perder de vista la orilla». Siempre me ha parecido una metáfora hermosa porque nos recuerda que todo crecimiento exige renunciar, aunque sea por un momento, a la seguridad de lo conocido.
Con el tiempo he comprendido que la incertidumbre no desaparece. Siempre habrá decisiones que tomar sin conocer el desenlace y caminos que recorrer sin tener un mapa completo. Lo que cambia es la forma en que aprendemos a convivir con ella. Hoy ya no espero tener todas las respuestas antes de avanzar; me basta con confiar en que, cuando llegue el momento, encontraré la manera de afrontar lo que venga. Esa confianza no elimina el miedo, pero le quita el poder de decidir por mí.









