El valor de los momentos que no cuentan
Hay algo curioso en la forma en que aprendimos a valorar nuestra vida, pareciera que solo cuenta aquello que se puede mostrar, medir o convertir en logro. Todo lo demás queda en una especie de limbo, como si no terminara de ser importante. Ahí es donde entran los placeres simples, esos que no tienen narrativa épica ni utilidad evidente, pero que sostienen silenciosamente nuestro bienestar.
Porque, seamos honestos, no estar estudiando, trabajando o “haciendo algo productivo” todavía nos genera incomodidad. Nos cuesta sostener un momento de pausa sin que aparezca esa voz interna que cuestiona si no deberíamos estar haciendo algo más útil. Y entonces ver una serie, scrollear en redes sociales o simplemente descansar deja de ser disfrute y se convierte en algo que hay que justificar.
No es tanto lo que hacemos, sino cómo lo habitamos. Puedes estar viendo algo en Netflix y, en paralelo, sintiendo que estás perdiendo el tiempo. Puedes pasar unos minutos en redes sociales y terminar con una sensación de deuda contigo mismo. Incluso actividades que antes eran descanso empiezan a cargarse de reproche.
Hay una escena en l película Soul (2020), que lo explica mejor que muchos discursos sobre productividad. El protagonista, un músico obsesionado con alcanzar “su gran propósito”, pasa gran parte de la historia convencido de que su vida solo tendrá sentido cuando logre ese momento extraordinario. Pero al final, lo que realmente le devuelve la conexión con la vida no es el logro en sí, sino algo mucho más simple, caminar, observar, estar presente sin la presión de convertir cada instante en algo trascendente. Es casi incómodo verlo, porque confronta directamente esa idea de que la vida siempre debería estar yendo hacia algún lado.
Esa incomodidad no aparece de la nada; responde a una lógica que hemos normalizado, la de creer que todo momento debe ser productivo o, al menos, tener algún tipo de retorno. Como si el valor de nuestra vida dependiera de cuánto aprovechamos cada espacio del día. Bajo esa mirada, descansar no es un derecho, es algo que se gana. Y disfrutar algo simple necesita una excusa.
En “El arte de no hacer nada” (Odell 2021), la autora propone algo que resulta casi disruptivo en este contexto, recuperar nuestra atención como un acto de resistencia. No se trata de dejar de hacer cosas sin más, sino de cuestionar la necesidad constante de estar produciendo, reaccionando o demostrando valor. Su planteamiento es simple, pero profundo, hay una forma de estar en el mundo que no pasa por la productividad, sino por la presencia.
Pero hay algo que no estamos terminando de entender, me refiero a que no todo aprendizaje es visible, ni todo crecimiento ocurre en momentos de esfuerzo. También hay desarrollo en el disfrute. En esos espacios donde no estás intentando mejorar, pero algo en ti se reorganiza igual. Donde no estás “avanzando” en el sentido tradicional, pero sí estás soltando, procesando o simplemente respirando distinto.
No hacer nada también es parte de la vida. Y no como un vacío incómodo, sino como parte del fluir; como un espacio donde no necesitas exigirte, ni optimizarte, ni convertir cada instante en una oportunidad de mejor; porque vivir no es una lista de tareas, aunque a veces lo parezca.
Lo interesante es que no se trata de romantizar lo cotidiano ni de justificar la evasión constante. Se trata de equilibrar, de entender que hay muchas maneras de evolucionar, y que no todas pasan por el esfuerzo, la disciplina o la productividad. Algunas pasan por permitirte parar sin sentir que estás fallando.
Quizá el problema no es que hagamos demasiado, sino que incluso cuando no hacemos nada, seguimos hablándonos desde el reproche. Como si nunca fuera suficiente, como si siempre hubiera algo más importante que deberíamos estar haciendo en lugar de simplemente estar.
Reivindicar los placeres simples es, en ese sentido, un acto más profundo de lo que parece. Implica cuestionar esa voz que mide todo el tiempo, que exige todo el tiempo, que nunca termina de estar satisfecha. Implica darte permiso para habitar esos momentos pequeños sin necesidad de validarlos.
Tal vez no se trata de cambiar radicalmente la forma en que vivimos, sino de ajustar la forma en que nos tratamos mientras vivimos. Dejar de convertir cada pausa en culpa. Dejar de pensar que el valor está siempre en lo que sigue.
Porque no, no siempre estás perdiendo el tiempo. A veces, simplemente, estás viviendo.
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