Ayer estaba esperando mientras hacia un café y, en esos pocos minutos de espera, abrí TikTok automáticamente. Después puse una serie de fondo mientras revisaba Instagram. Más tarde, conduciendo, aproveché el semáforo en rojo para responder un audio larguísimo. Y en algún momento del día me di cuenta que ya casi nunca habitamos un solo momento a la vez. Siempre hay ruido, siempre hay estímulo, siempre hay algo ocupando el silencio antes de que siquiera tenga oportunidad de aparecer.
Creo que por estas circunstancias el término yapping se volvió tan popular. En internet, yapping se usa para describir a alguien que habla muchísimo, generalmente con intensidad, emoción y sin demasiados filtros. La típica persona que manda audios eternos, explica cada detalle, cambia de tema mientras sigue hablando y termina diciendo “perdón, estoy yappeando demasiado”. El término suele usarse de forma divertida o tierna, pero siento que también revela algo mucho más profundo sobre cómo nos comunicamos hoy. Porque el yapping contemporáneo no es solamente hablar mucho, también es una forma de llenar el silencio.
Vivimos en una época donde el silencio empezó a sentirse incómodo; y no hablo solo del silencio físico, sino del interno. Ese espacio donde no hay pantallas, ni contenido, ni notificaciones, ni conversaciones distrayéndonos de nosotros mismos. Antes esperar un café significaba simplemente esperar un café, ahora esos pequeños espacios vacíos parecen insoportables; necesitamos revisar algo, escuchar algo, responder algo, consumir algo. Incluso cuando estamos viendo una serie, muchas veces tenemos algún dispositivo digital a mano. Incluso cuando conversamos, pensamos simultáneamente en qué responder, qué contar después o qué contenido compartir.
Y honestamente, no lo digo desde un lugar moralista porque yo también vivo así muchas veces. También mando notas de voz larguísimas para procesar emociones. También necesito ruido de fondo mientras trabajo, también me cuesta quedarme quieta sin sentir la necesidad de revisar algo. Creo que muchos desarrollamos una especie de miedo silencioso a quedarnos solos con nuestra propia mente demasiado tiempo.
Quizá por eso ya no conversamos realmente, hacemos yapping. Hablamos para llenar espacios; para aliviar ansiedad, para sentirnos acompañados, para confirmar que alguien sigue ahí escuchándonos en medio del ruido digital permanente. Creo que detrás de todos esos audios, captions y conversaciones infinitas, existe la necesidad de sentir conexión, sentir presencia, que alguien nos escucha de verdad en una época donde todos parecen hablar al mismo tiempo.
La semana pasada alguien me dijo que el yapping es “el nuevo storytelling”. Y aunque la idea parece divertida, creo que también merece una mirada un poco más crítica.
El storytelling tradicional implica algo más que hablar mucho; se trata de construir sentido, con estructura, pausa, intención narrativa y, sobre todo, escucha. Una historia necesita procesarse antes de ser contada. Existe cierta distancia entre vivir algo y convertirlo en relato.
El yapping, en cambio, nace muchas veces desde la inmediatez emocional; pensamos hablando; convertimos experiencias en contenido casi al mismo tiempo que las estamos viviendo. Y eso cambia completamente la forma en que nos relacionamos con nuestras propias emociones. No siempre estamos comunicando para comprender algo; a veces comunicamos para no sentir el vacío de no estar diciendo nada.
Por eso creo que el yapping no reemplazó al storytelling; más bien refleja cómo internet transformó nuestra relación con la intimidad, la atención y la necesidad de validación emocional. Hoy las plataformas premian la espontaneidad constante, la hiperexpresión y la sensación de cercanía inmediata. Mientras más hablamos, más visibles parecemos. Mientras más compartimos, más sentimos que existimos dentro del flujo digital. Pero existe una diferencia enorme entre expresarse y elaborarse emocionalmente. Hablar muchísimo no siempre significa conectar profundamente. A veces incluso puede ser una forma elegante de evitar el silencio necesario para entender lo que realmente sentimos. Nunca habíamos hablado tanto y, al mismo tiempo, pocas veces nos habíamos sentido tan emocionalmente saturados.
Por eso estoy trabajando conscientemente en recuperar pequeños espacios vacíos. Caminar sin música de vez en cuando, no llenar automáticamente cada pausa, tomar café sin abrir otra pantalla al mismo tiempo. Y aunque suene simple, me sorprende lo difícil que puede ser. Quizá porque el silencio hoy ya no se siente natural, se siente vulnerable.
Necesitamos empezar a resguardar ciertos espacios internos antes de que el ruido lo ocupe todo; espacios donde todavía podamos pensar lentamente, sentir sin traducir inmediatamente la emoción en contenido y volver a escucharnos con honestidad. Quizá por eso leer sigue siendo un acto tan íntimo y necesario; leer siempre es regresar a casa, volver al centro. A ese lugar silencioso donde todavía podemos encontrarnos lejos de la velocidad con la que el mundo nos exige existir.









