Hablemos de disfraces

Hay disfraces que no se compran ni se eligen frente a un espejo. Se heredan, se aprenden y se perfeccionan con los años. Son los que usamos sin notarlo, los que se visten para encajar, para cumplir, para parecer lo que otros esperan que seamos. Esos disfraces que, a fuerza de repetirse, terminan por ocultar nuestra verdadera cara.

A veces nos disfrazamos de fuertes para no preocupar a nadie, de exitosos para no decepcionar, de felices para no incomodar. Nos adaptamos al guion que otros escriben; la hija ejemplar, el profesional impecable, la amiga disponible, estar “siempre bien”; y mientras tanto algo dentro de nosotros se va volviendo inaudible. Porque cuando vivimos para responder a expectativas, dejamos de escucharnos.

Lo curioso es que muchos de esos disfraces nacen del miedo a no ser suficientes, a no pertenecer, a no ser queridos. Pero el precio de llevarlos puestos es alto. Cada sonrisa ensayada, cada gesto contenido, cada palabra que callamos para no desentonar va creando una distancia sutil con lo que somos. Hasta que un día, frente al espejo, nos cuesta reconocernos.

Y entonces entendemos que lo más aterrador no está en los monstruos que vemos en las pelis de miedo, sino en las máscaras cotidianas que nos mantienen lejos de nuestra verdad. Quitar el disfraz duele, pero también libera. Es volver a respirar con la piel desnuda, a hablar con voz propia, a mostrarnos con la imperfección y la honestidad de lo real.

Tal vez el acto más valiente no sea inventar un nuevo personaje, sino aprender a existir sin uno. Porque, al final, la autenticidad es un despojo: un lento y necesario regreso a la esencia. Como si, al caer cada máscara, descubriéramos que la piel verdadera nunca fue un disfraz, sino el rostro con el que el alma decide mirar al mundo.

Dulcinea
Sígueme
Últimas entradas de Dulcinea (ver todo)