Hace unos días estaba trabajando desde una cafetería; sí, yo también soy parte de esa escena; y mientras respondía correos con un café que ya se había enfriado hace rato, empecé a mirar alrededor. Había algo casi coreográfico en todo, laptops abiertas, teclados sonando, gente entrando y saliendo con prisa, audífonos enormes, reuniones por Zoom, notificaciones constantes y esa sensación colectiva de que todos necesitábamos demostrar que estábamos haciendo algo importante.
Y pensé en un término que se ha vuelto tendencia, me refiero al busy culture aesthetic, que se refiere a la construcción estética de una vida permanentemente ocupada. Una identidad donde el cansancio se convierte en símbolo de valor personal. Agendas saturadas, mensajes respondidos a medianoche, cafés usados como oficinas, fotos de vuelos, reuniones, pantallas abiertas y captions celebrando lo “full” que estamos. No se trata solo de productividad; se trata de proyectarla.
Y honestamente, entiendo perfectamente por qué caemos en eso; yo también trabajo desde cafeterías, también he sentido esa pequeña satisfacción al terminar el día agotada pensando que quizás eso significa que estoy avanzando. Hay algo emocionalmente adictivo en sentirnos necesarios, requeridos, ocupados; como si el movimiento constante nos protegiera de la culpa de detenernos.
Pero últimamente me pregunto si, como generación, empezamos a confundir importancia con agotamiento. Porque el problema no es trabajar, crear o tener ambición. El problema es cuando el cansancio se vuelve identidad, cuando no sabemos conversar sin mencionar lo ocupados que estamos, cuando descansar genera ansiedad, cuando incluso el bienestar termina convertido en otra tarea pendiente dentro de una lista infinita de optimización personal.
Las cafeterías son quizá el escenario perfecto de esta estética contemporánea; y lo digo con cariño porque amo trabajar en ellas. Pero a veces siento que ya no vamos solamente por café o inspiración, vamos también a sentirnos parte de una narrativa de personas creativas, productivas, en movimiento permanente. Como si la vida tuviera que verse constantemente interesante para sentirse válida.
Por eso series como The Bear (2022) conectan tanto con nuestra época. No solo por el caos, sino por esa ansiedad funcional que muchos reconocemos demasiado bien. Personajes brillantes, apasionados, agotados y emocionalmente al borde mientras siguen operando como si detenerse no fuera una opción.
Muchas veces no seguimos ocupándonos porque amamos estar cansados, sino porque el vacío también asusta. Porque detenernos implica escucharnos, implica preguntarnos si realmente queremos la vida que estamos construyendo o solo nos acostumbramos a sobrevivir dentro de ella.
También debo mencionar que últimamente veo pequeñas rebeliones contemporáneas que me parecen hermosas, gente leyendo sin apuro, dejando el teléfono lejos por unas horas, caminando sin estímulos constantes, volviendo a hobbies inútiles en el mejor sentido posible. Personas intentando recuperar espacios donde existir no tenga que justificarse con productividad. Y quizás esa sea la verdadera sofisticación hoy, no parecer ocupado todo el tiempo; sino poder vivir sin sentir que cada minuto debe convertirse en prueba visible de éxito.









