La prisa como refugio

Diciembre tiene una forma peculiar de acelerarnos. Todo ocurre como si alguien hubiese apretado un botón invisible: cerramos pendientes a contrarreloj, compramos regalos, asistimos a reencuentros que multiplican abrazos y nostalgias, y nos dejamos caer en fiestas de fin de año que mezclan emoción con cansancio. Las agendas, ya de por sí exigentes, se vuelven campos minados de recordatorios. “Antes del 31” se convierte en un mandato. Y de pronto, sin darnos cuenta, corremos porque creemos que debemos cumplir con esa coreografía colectiva de urgencia. Pero la prisa decembrina solo revela algo más profundo: nuestra capacidad o la necesidad de refugiarnos detrás de la velocidad.

Vivimos en una época que confunde ritmo con valor. La hiperproductividad se ha instalado como un mecanismo emocional: una manera elegante de evitar lo que sentimos. Nos convencemos de que, si seguimos moviéndonos, no habrá tiempo para detenernos en aquello que duele o nos incomoda. Así, la prisa no solo nos organiza la vida: también nos protege de ella.

La prisa tiene un talento casi artístico para ocultarnos de nosotros mismos. Llenamos la agenda para no llenar el silencio. Decimos “no tengo tiempo” cuando en realidad no tenemos espacio emocional. Convertimos la urgencia en brújula, como si moverse rápido garantizara estar bien.

A veces, la velocidad con la que vivimos es exactamente la velocidad con la que escapamos. Escapamos de conversaciones pendientes, de emociones que buscan aire, de la posibilidad de ralentizar y escucharnos sin filtros.

La hiperactividad viene con un beneficio tácito: si estamos ocupados, nadie, ni siquiera nosotros, podrá preguntarnos qué sentimos realmente. La prisa esconde, pero también susurra. Se vuelve sombra y lámpara al mismo tiempo. Porque detrás de cada “no paro” suele haber una emoción golpeando la puerta: Cansancio disfrazado de fortaleza. Tristeza camuflada en eficiencia. Inseguridad sostenida por logros. Miedo a no ser suficientes si dejamos de producir.

La velocidad, paradójicamente, ilumina nuestras heridas: nos muestra dónde duele, justo mientras intentamos taparlo con más tareas. El verdadero refugio no es correr. Detenerse en diciembre parece un acto subversivo. Pero es ahí, en la pausa que nadie pide, donde aparece la verdad. La calma nos invita a preguntarnos: ¿De qué me protege esta urgencia? ¿A qué no quiero enfrentarme? ¿Qué parte de mí descansa cuando dejo de demostrar?

Es importante entender que la lentitud no es improductiva. Es reparadora. La pausa no nos atrasa. Nos alinea. La calma no es renuncia. Es regreso. Regreso a ese lugar interior que la velocidad intenta maquillar, pero que siempre nos espera intacto. Elegir un ritmo que no nos expulse de nosotros.

Quizá la verdadera madurez emocional sea dejar de usar la prisa como escudo y empezar a verla como mensaje. Elegir un ritmo propio, incluso en diciembre, incluso cuando el mundo parece ir más rápido que nunca.

La prisa seguirá existiendo, la vida no se detiene, pero podemos decidir no escondernos en ella. Podemos honrar los pendientes sin perder el presente. Cumplir con el calendario sin sacrificarnos en él. Respirar en medio del vértigo. Porque al final, lo más valiente no es cerrar mil cosas antes de fin de año. Lo más valiente es cerrar el año sin refugiarnos en la prisa y tomarnos tiempo para apreciarnos.

Dulcinea
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