La última vez que fui la misma persona

Hay despedidas que nunca escuchamos porque no hacen ruido. No llegan con un abrazo largo, ni con promesas, ni con un «hasta luego». No tienen fecha en el calendario ni a nadie que las anuncie. Simplemente ocurren.

Un día tomas un café en el lugar de siempre sin imaginar que será la última vez. Escuchas una canción camino al trabajo y no sabes que, años después, bastarán los primeros acordes para regresar exactamente a ese momento. Te despides de un amigo con un «nos vemos pronto», convencido de que el tiempo seguirá comportándose como siempre, sin sospechar que la vida ya empezó a escribir otro capítulo.

Hace unos días estaba editando la galería de fotografías de mi móvil cuando apareció una imagen que llamó mi atención. No era una gran foto; de hecho, estaba mal encuadrada. Apenas se veían una taza de café, un cuaderno abierto y la luz del atardecer entrando por la ventana. Ni siquiera recordaba haberla tomado. Me quedé mirándola un buen rato, intentando descubrir qué había querido guardar aquel día. Entonces entendí que no era la taza, ni el café, ni siquiera la luz. Lo que había querido conservar era algo mucho más difícil de fotografiar, una versión de mí.

La curiosidad pudo más que la nostalgia y unos días después volví a esa cafetería. Todo seguía prácticamente igual. Las mesas, el aroma del café y la señora que atendía con esa familiaridad de quien te ha visto muchas veces, aunque nunca haya sabido tu nombre. Me senté en el mismo lugar y esperé que algo se moviera dentro de mí. No ocurrió. Y, curiosamente, eso fue lo que más me hizo pensar.

Hay una palabra en portugués de la que ya les he hablado antes y que, cada cierto tiempo, vuelve a aparecer en mi cabeza. Saudade. Me sigue pareciendo una de las palabras más bonitas que existen porque dice, con una sola palabra, algo que a veces necesita páginas enteras para explicarse. No habla solo de nostalgia, también habla de la conciencia de que el tiempo nos cambia, incluso cuando los lugares permanecen iguales.

Quizá por eso las canciones tienen ese extraño poder de desarmarnos. No porque sean extraordinarias. A veces basta con escuchar los primeros acordes para volver, durante unos minutos, a una casa, a un viaje, a una conversación o a una época de la vida que creíamos olvidada. La canción no cambió; quien cambió fue la persona que la escuchaba.

Con los años he empezado a pensar que no siempre echamos de menos los lugares; lo que realmente echamos de menos es a la persona que éramos cuando esos lugares formaban parte de nuestra rutina.

Cuando miro aquella fotografía, no añoro esa cafetería; si soy honesta, tampoco aquella tarde. Lo que a veces echo de menos es a la persona que tomó esa foto. Tenía sueños que el tiempo fue transformando, preocupaciones que hoy ya no pesan igual y una forma distinta de mirar la vida. No quisiera volver a ser esa versión de mí, pero la recuerdo con cariño porque hizo lo mejor que pudo con las certezas que tenía entonces. Supongo que crecer también consiste en eso. En dejar de mirar hacia atrás con juicio y empezar a hacerlo con comprensión.

Hay una idea que vuelve a mí cada vez que encuentro una fotografía antigua o escucho una canción que creía olvidada. Nunca sabemos cuándo estamos viviendo una última vez. No sabemos cuál será el último domingo en que toda la familia coincidirá alrededor de la mesa, la última conversación espontánea con un amigo antes de que la vida los lleve por caminos distintos o la última tarde en un lugar que hoy creemos parte de nuestra rutina. Y quizá sea mejor así. Si supiéramos que algo está terminando, pasaríamos más tiempo intentando retenerlo que viviéndolo.

Mientras escribo estas líneas, pienso que, dentro de algunos años, probablemente vuelva a leer este artículo. Estoy casi segura de que encontraré frases que hoy escribiría distinto. Me sorprenderán algunas certezas y sonreiré ante algunas ingenuidades. No porque este texto esté equivocado, sino porque quien lo escribió ya será otra persona. Y creo que esa es una buena noticia. Significará que seguí aprendiendo, que cambié de opinión en algunas cosas y que la vida hizo, una vez más, su trabajo.

Al final, quizá esa sea la forma más amable de entender el paso del tiempo. No como una sucesión de pérdidas, sino como la posibilidad de convertirnos una y otra vez en alguien distinto, sin dejar de reconocer con gratitud a todas las personas que alguna vez fuimos.

Tal vez eso sea, en el fondo, la saudade. No el deseo de volver atrás, sino la capacidad de mirar el camino recorrido con la serenidad de quien entiende que ninguna versión de sí misma desaparece del todo. Todas siguen viviendo, de alguna manera, en la persona que somos hoy.

Dulcinea

Writer & Blogger

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