Las reconstrucciones que nadie ve

Hay reconstrucciones que no hacen ruido. No llegan con anuncios, ni con decisiones dramáticas, ni con el gesto cinematográfico de cerrar una puerta para siempre. A veces ocurren en la intimidad más cotidiana, cuando cambias la forma en que respondes a algo que antes te dolía, cuando dejas de insistir en una conversación que antes te obsesionaba, cuando descubres casi sin darte cuenta, que algo dentro de ti ya no es igual. Reconstruirse, muchas veces, es un proceso silencioso.

Vivimos en una época que celebra las grandes narrativas del cambio, reinventarse, renacer, empezar de cero. Pero la psicología del comportamiento sugiere algo distinto. El modelo de etapas del cambio desarrollado por el psicólogo James O. Prochaska explica que las transformaciones profundas suelen comenzar mucho antes de que alguien pueda verlas. Primero ocurre la reflexión interna, luego el cuestionamiento y después pequeños ajustes. El cambio visible es apenas la última parte del proceso, lo demás sucede en silencio.

A veces pienso en eso cuando recuerdo el cuento El Principito de Antoine de Saint-Exupéry; en una de sus escenas más recordadas, el zorro le dice al principito que lo esencial no se ve con los ojos. Esa frase se ha repetido tanto que casi se ha vuelto una decoración literaria, pero sigue conteniendo una verdad profunda, lo verdaderamente importante rara vez ocurre en la superficie.

También pasa con nosotros. Las reconstrucciones más profundas no siempre se anuncian porque, mientras ocurren, ni siquiera sabemos que están sucediendo. Solo después entendemos que algo cambió, que aquello que antes nos desordenaba ya no tiene el mismo poder, que dejamos de buscar ciertas aprobaciones o que algunas preguntas ya no nos persiguen con la misma intensidad.

Lo entendí muchos años atrás, cuando estudiaba y atravesé una pequeña crisis vocacional, de esas que aparecen cuando uno empieza a preguntarse si el camino elegido realmente le pertenece. En un impulso; quizá ingenuo, quizá necesario, decidí irme sola al otro lado del mundo a visitar templos budistas. Pensé que la distancia podría aclarar mis ideas. Lo que nadie me dijo es que las crisis viajan contigo. Mi duda cruzó océanos conmigo y se sentó a mi lado en cada templo. Durante un tiempo descubrí algo casi frustrante, no importa cuántos kilómetros recorras, aquello que te inquieta encuentra la forma de alcanzarte.

Sin embargo, las largas caminatas, el silencio de esos lugares y, sobre todo, la conexión conmigo misma lo que empezó a encender una pequeña luz al final del túnel. No puedo decir que el viaje resolvió mis preguntas, sería una versión demasiado romántica de la historia. Creo que no fueron los kilómetros los que produjeron el cambio, fueron las circunstancias y, sobre todo, el tiempo que me permití para escucharme. No hace falta irse al otro lado del mundo para empezar un proceso de reconstrucción. A veces creemos que necesitamos cambiar de ciudad, de trabajo o de vida entera para encontrar claridad. Sin embargo, muchas veces lo único que necesitamos es detenernos lo suficiente para reconocer qué es exactamente lo que nos está quitando la paz.

Creo que lo importante es identificar el problema, no necesariamente resolverlo de inmediato. Porque no romanticemos el proceso, no siempre es sencillo. A veces reconocer aquello que duele es ya un acto de valentía.

Aquí aparece otra confusión interesante. La palabra reconstruirse a veces suena dramática, como si implicara haber quedado completamente en ruinas. En cambio, hoy se habla mucho de reinventarse, una palabra más luminosa, casi heroica. Pero quizá no significan lo mismo. Reinventarse sugiere convertirse en alguien nuevo, diseñar una versión distinta de uno mismo. Reconstruirse, en cambio, implica algo más honesto, volver a armar lo que somos con las piezas reales que tenemos, revisar lo que se rompió, reparar lo que todavía vale la pena y aceptar lo que ya no encaja. No siempre se trata de empezar de cero; muchas veces se trata simplemente de entender mejor la propia vida.

Cuando logramos nombrar aquello que nos inquieta, algo empieza a ordenarse. Es como si la mente y el corazón dejaran de caminar en direcciones opuestas. Y cuando esas dos partes de nosotros finalmente se alinean, las decisiones comienzan a fluir con más claridad. Tal vez el proceso siga siendo incómodo y tal vez tome tiempo; pero desde el momento en que identificamos aquello que nos roba la paz, algo empieza a moverse dentro de nosotros. Y entonces ocurre algo curioso, la vida afuera puede seguir exactamente igual, los mismos lugares, las mismas personas, las mismas rutinas, pero uno ya no habita ese mundo de la misma manera.

Tal vez de eso se trata reconstruirse. No de convertirse en alguien completamente distinto, sino de volver a casa dentro de uno mismo

Dulcinea
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