No extraño ese momento, extraño la versión que construí después

Hay momentos en los que te descubres extrañando una etapa que, si fueras completamente honesto, no fue tan buena. Te pasa en lo cotidiano, una canción, una foto vieja, una conversación que se cuela sin aviso. Y de pronto aparece esa sensación tibia de “antes estaba mejor”. Pero si te detienes un segundo más, la escena cambia. No era tan ligera, no era tan clara, no eras tan feliz como ahora te gusta creer.

Pienso, por ejemplo, en ese viaje que hoy recuerdo como “increíble”. En mi cabeza es una secuencia casi perfecta, el destino, las fotos, la sensación de haber hecho algo valioso. Pero si reconstruyo el recorrido completo, aparece otra historia. La del aeropuerto a las cinco de la mañana, el cuerpo cansado antes de empezar, las filas interminables de check-in, la ansiedad de que la maleta pase sin problema. El vuelo lleno, incómodo, ese cansancio pegajoso que no te deja disfrutar nada. Las escalas, las esperas, el fastidio acumulado. En ese momento no había nada romántico ahí. Había prisa, agotamiento, incomodidad. Y, sin embargo, el tiempo hizo su trabajo, borró los bordes ásperos y dejó solo el resultado final. Hoy digo “qué viaje tan lindo”, como si todo hubiera sido así.

La memoria tiene ese talento de editar. Quita el ruido, suaviza los bordes, deja solo lo suficiente para que el pasado se vuelva habitable otra vez. Por eso la nostalgia puede ser tan persuasiva. Como escribió Marcel Proust, “el verdadero paraíso es el paraíso que hemos perdido”. Pero hay una trampa en esa idea, asumir que lo perdido fue, en efecto, un paraíso.

Hay otra forma de entenderlo. Louise Glück escribió: “Miramos el mundo una sola vez, en la infancia. El resto es memoria”. Tal vez por eso el pasado nos parece más nítido, más auténtico; no porque haya sido mejor, sino porque lo reconstruimos desde una mirada que ya no es inocente. No volvemos a las cosas tal como fueron, sino a la forma en que hoy necesitamos recordarlas. Y en ese gesto, lo vivido deja de ser experiencia y se convierte en relato.

Y no siempre fue un buen relato; a veces fue duda disfrazada de estabilidad, tal vez fue miedo bien organizado, o fue una versión de ti que hacía lo que podía, pero que ya no sabía cómo avanzar.

Desde el presente, que siempre es más incierto, ese pasado empieza a parecer ordenado, incluso deseable. No porque haya sido mejor, sino porque ya está cerrado. No exige decisiones, no implica riesgo, no confronta. Es cómodo porque ya no duele, o porque ya no duele igual. Ahí es donde la nostalgia deja de ser recuerdo y se vuelve refugio.

Jorge Luis Borges decía que la memoria está hecha de olvido. Y quizás ese olvido selectivo es lo que nos permite construir versiones del pasado a las que querríamos volver… aunque nunca hayan existido de esa forma.

Pero crecer también implica algo menos romántico, dejar de romantizar lo que fue solo porque ya pasó. Entender que hay etapas que no eran destino, sino tránsito. Que no todo lo vivido merece ser extrañado. A veces, lo más honesto no es querer volver, sino recordar con precisión por qué decidiste irte. Y no traicionarte en el intento de idealizarlo.

Dulcinea

Writer & Blogger

Considered an invitation do introduced sufficient understood instrument it. Of decisively friendship in as collecting at. No affixed be husband ye females brother garrets proceed. Least child who seven happy yet balls young. Discovery sweetness principle discourse shameless bed one excellent. Sentiments of surrounded friendship dispatched connection is he.

Edit Template

Safe Creative #1511301812388Safe Creative #1603240225326