San Valentín: ¿de qué hablamos cuando hablamos de amor hoy?
En uno de los cuentos más lúcidos sobre el amor contemporáneo, Raymond Carver reúne a dos parejas alrededor de una mesa. Beben, conversan, intentan responder una pregunta aparentemente simple: qué es amar. Lo que emerge no es una definición clara, sino un mosaico de experiencias contradictorias, heridas, expectativas y confusiones. Nadie tiene la respuesta correcta. El amor aparece como un territorio movedizo, más cercano al tanteo que a la certeza. Ese gesto, hablar de amor sin poder fijarlo, resulta inquietantemente actual.
San Valentín, en cambio, insiste cada año en ofrecernos una versión perfectamente empaquetada del amor: parejas simétricas, gestos coreografiados, escenarios diseñados para la foto. Instagram y TikTok funcionan como vitrinas de un romanticismo rancio, lleno de poses, escenografías y lugares pensados para ser fotografiados antes que habitados. No se trata de negar la belleza de esos gestos, sino de preguntarnos qué queda fuera del encuadre: la incomodidad, la duda, el desencuentro, el silencio. Todo aquello que también forma parte de amar, pero que no luce bien en el feed.
La distancia entre el amor que se vive y el amor que se muestra produce una tensión silenciosa. Como en el cuento de Carver, hablamos mucho de amor, pero lo hacemos desde lugares distintos, algunos desde el deseo de intensidad, otros desde la necesidad de cuidado, otros desde el miedo a la soledad. En el ecosistema digital, esa pluralidad se aplana en un solo molde visual; el de la pareja feliz, el viaje perfecto, la mesa bien puesta, el beso en el lugar correcto. El problema no es la imagen, sino la confusión entre escenografía y vínculo, creer que amar es reproducir una estética, no sostener una relación.
La juventud navega este paisaje con una mezcla de lucidez y cansancio. Por un lado, cuestiona los guiones tradicionales del amor romántico, la promesa de eternidad, la pareja como destino único; por otro, convive con la presión de mostrar que sus vínculos “funcionan”, que son deseables, que encajan en la narrativa visual del éxito emocional. En ese vaivén, la amistad aparece como un territorio menos performativo y, a veces, más honesto: vínculos donde no hace falta posar, donde la intimidad no necesita escenografía, donde el afecto se sostiene en la repetición de la presencia y no en la espectacularidad del gesto.
Quizá San Valentín podría convertirse en otra cosa, no en la celebración de un amor perfecto, sino en una oportunidad para desmontar sus decorados. Para recordar que amar no es habitar una postal, sino un proceso torpe, irregular, profundamente humano. En tiempos de filtros, algoritmos y scroll infinito, cuidar un vínculo real, de pareja o de amistad, implica aceptar que no todo es fotografiable, que lo más valioso suele ocurrir fuera de cuadro. Y tal vez ahí, en ese fuera de campo, esté ocurriendo todavía el amor.
Referencia:
Raymond Carver (1981), What We Talk About When We Talk About Love.
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