“Si es Blanco y es frío, no es Tinto.”
Hace unos días asistí a una feria de vinos, aunque no bebo, ¡fue un plan divertido y revelador! Escuché una charla casual entre dos personas que claramente sabían lo que hacían: levantaban copas, hablaban de cuerpo, aroma, notas afrutadas. Y entonces uno de ellos, señalando una copa, dijo esta frase, casi con certeza absoluta: “Si es blanco y es frío, no es tinto.”
Han pasado varios días y esas palabras siguen resonando en mi cabeza; no por el vino, sino por lo que la frase tenía de sentencia: “esto es así, y si no cumple con estas condiciones, entonces no es.” Siento que de alguna manera me vi reflejada ahí; en esa manía que tenemos de definirnos por exclusión. De pensar que, si no somos de cierta manera, entonces no valemos, no encajamos o no pertenecemos. Confieso que alguna vez mi mente gatillante me ha llevado a esos lugares. Medía mi crecimiento personal como si fuera una etiqueta de vino: si no era intensa, profunda y constante, entonces no era real. Si no se veía desde afuera, si no podía nombrarlo con palabras grandiosas, entonces no estaba pasando. Me exigía ser tinto: cálido, con cuerpo, con carácter. Y cada vez que me sentía más como el vino blanco, más suave, más reservado, más introspectivo; pensaba que algo andaba mal conmigo.
Hasta que un día, sin querer, me di cuenta de que algunas de mis mayores transformaciones llegaron en silencio. No fueron épicas, no tuvieron aplausos. Fueron sutiles como un cambio de estación. Como cuando una herida sana por dentro antes de cerrar por fuera. Como cuando uno empieza a decir que no, aunque le tiemble la voz. Y ahí entendí: no necesito ser tinto para evolucionar. No tengo que ser intensa para ser real, no tengo que cumplir una receta para tener sabor, no tengo que cumplir expectativas ajenas, no tengo que ponerme etiquetas.
Hay días en los que somos blancos y fríos. Días en los que no sabemos ni quiénes somos. En los que estamos lejos de todo lo que creíamos tener claro. Sin embargo, algo se está cocinando adentro. Algo que no se ve, pero que transforma. Porque el desarrollo personal no siempre se nota. No siempre es visible, ni tiene forma definida. A veces es solo ese pequeño clic interno que nos dice: “No eres menos por no ser como esperabas.”
Así que, aunque soy abstemia desde siempre, el vino me ha dejado una gran lección. No somos una etiqueta, somos una mezcla viva, una transición constante, una copa que se llena de manera diferente cada día. Y eso también está bien. Es claro que el vino tinto tiene lo suyo, su intensidad, su fuerza, esa manera de dejar huella en cada sorbo. Pero el vino blanco también, tiene frescura, sutileza, esa ligereza que reconforta sin imponerse. Cada uno tiene su momento, su belleza, su verdad. Y así somos nosotros también: a veces intensos y otras, suaves. A veces buscando profundidad, y otras solo un poco de aire. No se trata de ser uno u otro, se trata de reconocer el valor de cada versión de nosotros mismos. Porque crecer no es elegir entre blanco o tinto, es aprender a disfrutar el sabor de ser exactamente lo que somos, en el tiempo en que lo somos.
- La intimidad de lo que no se muestra - 30 marzo, 2026
- El valor de los momentos que no cuentan - 28 marzo, 2026
- El elegante mito de la envidia - 23 marzo, 2026
Comments are closed.



